terça-feira, 8 de janeiro de 2013


De qué estamos hablando:
Chávez y el liderazgo de la Revolución Bolivariana
Por Stalin Pérez Borge, Gonzalo Gómez, Juan García, Zuleika Méndez, Alexander Marín, Carlos CarcioneMilitantes de Marea Socialista, Venezuela
Son tiempos de reflexión y debate. Todavía perdura el impacto de la Cadena de Radio y Televisión de la noche del 8 de diciembre y todo lo derivado de la intervención quirúrgica del presidente Chávez. Hoy estamos todos pendientes de la evolución de la salud del Comandante y sin embargo es necesario que además de acompañarlo con toda la energía, espiritualidad y en la acción política electoral, como lo está haciendo su pueblo, nos preparemos para dar cumplimiento a los desafíos que la historia nos pone delante. Este tiempo de incertidumbres es un tiempo que no buscamos. Que no queríamos. Pero tenemos que avanzar hacia los caminos que nos ayuden a encontrar salidas a la encerrona difícil en la que la realidad ha puesto a nuestro país y a Nuestra América toda.


Lo primero es aprender a distinguir lo urgente e inmediato de lo importante y estratégico. Lo urgente: que no se produzca la crisis, el vacío. Al menos que no se produzca como esperan los que quieren ver muerta a la revolución bolivariana. Para eso, Chávez, frente a la peor eventualidad, dejó unas líneas trazadas. Lo estratégico: asumir que de darse este caso nada será como antes. No podemos esconder la cabeza, tenemos que mirar la realidad cara a cara. Sin miedo. Después de todo, el pueblo bolivariano rescató en varias oportunidades a su revolución. En el supuesto de que Chávez no pueda seguir al frente del gobierno eso será extraordinariamente difícil y necesitará de todos nosotros. Pero nunca y en ningún idioma, “difícil” quiso ni quiere decir “imposible”.

De lo inmediato o urgente: la definición principal que pareciera se ha instalado es una búsqueda esotérica, numerológica, alrededor del debate sobre una supuesta fecha límite para la toma de posesión del gobierno. El 10 de enero de 2013 se ha convertido por simple banalización periodística y manipulación constitucional en una especie de fin de mundo como el 21/12/12 de los mayas. Las preguntas que habría que hacer en todo caso son: ¿Hay alguien en su sano juicio, en este país, que simplemente se atreva a negarle el derecho al pueblo bolivariano de que su comandante Chávez asuma su nuevo periodo en la fecha en la que su recuperación se lo permita? ¿Hay alguien que suponga que este pueblo, que saco fuerzas de la angustia un 11 de abril, tolerará que le roben “constitucionalmente” su triunfo del 7/O?

Quizás el Comandante sea mucho más consiente que cualquiera de nosotros de su grave situación y por eso dejó una orientación clara: si por cualquier razón no pudiera asumir y hubiera que llamar a nuevas elecciones presidenciales el candidato de Chávez es Nicolás Maduro. A algunos puede gustarnos más o menos. Algunos quizás hubiéramos preferido otro candidato. Y hasta es posible, que de haber tiempo suficiente, lo mejor hubiera sido que el candidato lo eligiera, o en todo caso lo refrendara el pueblo bolivariano. Pero para lo inmediato esa es la línea y Maduro es el candidato de Chávez.
Hay otro problema urgente que se irá colocando cada vez con más fuerza y que debemos debatir, de lo contrario será una poderosa arma en manos de la oposición y el imperialismo. El pueblo bolivariano necesitará tener, más temprano que tarde, una información global y un pronóstico tentativo, emitido o suscrito por el seguramente gran equipo médico que atiende a Chávez. Se ha avanzado en la forma de comunicar este grave, triste y doloroso problema, pero ese avance es insuficiente y este desconocimiento puede dejar al pueblo bolivariano débil, con la guardia baja y expuesto a los ataques de la oposición.

Ahora, lo estratégico.
Más allá de los deseos y de la claridad sobre lo inmediato, lo más importante es que nos preparemos para el peor escenario. Los enemigos del proceso ya lo están haciendo. Los desafíos que nos pondría por delante esta posibilidad no deseada, son muchos y no pueden ser abordados todos en un solo artículo, pero proponemos trabajar sobre dos de esos desafíos. Uno: Debatir cómo construir una nueva institucionalidad revolucionaria. Dos: Cómo construir el liderazgo de esta etapa que se abriría.

La institucionalidad revolucionaria.
Cumpliendo la promesa de su campaña electoral de 1998, una vez electo presidente, el comandante Chávez juró sobre la moribunda Constitución de la IV República e inmediatamente convocó a la Asamblea Constituyente. Con la refrendación popular de la misma, la naciente República Bolivariana de Venezuela tuvo, en el papel, una de las Constituciones democráticas más avanzadas del mundo actual. Pero había que construir en la realidad lo que el pueblo que se puso de pie en el Caracazo y que acompañó el 4 de febrero y el 27 de noviembre del 92, mayoritariamente exigía y había aprobado en el ‘99.

Ese camino se mostró mucho más complejo de lo que se podría haber supuesto. La primera definición que tenemos que aceptar es que aún hoy tenemos un Estado cuartorrepublicano. Moribundo como la constitución sobre la que juró Chávez, pero todavía en pie. Hubo avances importantes pero parciales. Esos avances siempre encontraron y siguen encontrando obstáculos firmes que al impedir que las transformaciones sigan avanzando empujan para atrás al proceso de manera reaccionaria.

Por ejemplo: para atacar graves problemas que este Estado ha demostrado que es incapaz de solucionar, se recurrió a las misiones y a las grandes misiones. Se empezó con los temas urgentes como Salud. Barrio Adentro fue y sigue siendo un ejemplo de cómo atacar los problemas de grave desatención en salud, pero todavía no alcanzamos la construcción de un Sistema Nacional Único. Y estamos atrapados entre una atención de calidad pero primaría, una medicina privada que se fortalece y enriquece día a día y que hace sangrar al pueblo y a ese mismo Estado, y un sistema público anémico, que a pesar de las enormes inversiones realizadas no cumple su objetivo. Lo mismo ocurrió en Educación, y el último ejemplo de esto es la Gran Misión Vivienda Venezuela. En trece años el drama de la vivienda no había dejado de crecer. Tuvo que haber una decisión firme de Chávez y una Gran Misión para que se hayan construido en apenas un año 200.000 viviendas dignas demostrando que era y es posible atacar y resolver esta deuda.

Se han cambiado nombres de instituciones, los ministerios por ejemplo son ahora del “poder popular”, pero no se cambió esencialmente su funcionamiento, composición ni adquirieron eficiencia revolucionaria. Mientras tanto, el real poder popular de las comunidades avanzó en un principio con los consejos comunales o las mesas técnicas, pero el mismo Comandante ha reconocido que su sueño de las Comunas está completamente estancado. Hay una ley, un ministerio, pero los avances en la realidad son muy pocos, casi inexistentes.

El avance ideológico de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es innegable, sin embargo no está consolidado. Lo que pone en riesgo una de las clave fundamentales del proceso, la clave cívico militar. Articulistas de la oposición, que apuestan claramente por barrer al chavismo de raíz, señalan que aún se podrían hacer volver atrás los avances revolucionarios en la FANB y que estas vuelvan a ser “democráticas” y “profesionales”. Es decir sostenedoras del viejo estado comandado por ellos, y saben de lo que hablan.

Sólo un ejemplo más para no fastidiar, el problema de la organización de los trabajadores. La nueva Central Sindical Bolivariana lleva apenas un año de construida. No logró agrupar aún a la mayoría de los trabajadores y ha dejado por fuera a una parte organizada del movimiento sindical revolucionario. Además no ha pasado pruebas cruciales que seguramente vendrán y sus dirigentes tienen pendiente su legitimación por parte de sus bases.
Entonces ¿por qué se avanzó en lo que se avanzó? Aunque el sistema político diseñado en la Constitución no está plasmado en la realidad, se produjo un fenómeno político. Se fue construyendo un sistema en el que la institución fundamental, la que empuja para los avances, muchas veces apoyándose y siempre empujada a su vez por la propia movilización popular y otras veces sólo cabalgando esa fuerza movilizada; esa institución, la que sostiene todo el funcionamiento del sistema político de este proceso tiene nombre y apellido propio: Hugo Chávez.
Chávez es el sistema político de la Revolución Bolivariana. Y cómo se ha visto no hay otra institución que cumpla ese papel, su ausencia plantearía el enorme desafío de construir una nueva institucionalidad claramente revolucionaria y no personalista. Para esto es imprescindible la activa participación de los trabajadores y el pueblo revolucionario, el otro polo fundamental de la fuerza y dinámica del proceso.
Si no logramos avanzar en el debate y construcción de una democracia socialista radical, nos quedaría el cascarón vacío de la democracia electoral representativa, en la que la única participación popular es con el voto cada cierto tiempo. De ser así se fortalecerían enormemente las presiones reaccionarias de ese Estado capitalista, cuartorrepublicano, que aun domina. Por eso el primer gran debate estratégico es: cómo construir esa nueva institucionalidad. Y eso solo puede hacerse apelando a las claves constituyentes del proceso bolivariano, es decir, con la activación inmediata de una verdadera participación del pueblo trabajador movilizado, en los debates pero también y sobre todo en la toma de decisiones.

Construir el liderazgo en una nueva etapa no buscada
Es bueno recordar que estamos trabajando con la hipótesis menos deseada, la de la imposibilidad de que el comandante Chávez pudiera mantenerse al frente del gobierno. Esta hipótesis nos plantea de manera aguda el problema del liderazgo del proceso. Para saber de qué hablamos es necesario revisar la construcción del liderazgo del propio Hugo Chávez.
Desde el 4 de febrero de 1992 Chávez es el principal protagonista de la política venezolana. Pero su liderazgo se fue construyendo en un proceso de identidad extrema con los sectores más oprimidos de un pueblo que había estallado de indignación y odio contra el neoliberalismo en el Caracazo. Un pueblo insurrecto, sin conducción visible. Los puntos fundamentales del crecimiento y consolidación de ese liderazgo son: 1) Las insurrecciones militares del 4 de febrero y del 27 de noviembre. 2) La elección del camino electoral luego de haber salido de la Cárcel. 3) El triunfo electoral del 98. 4) El cumplimiento de su promesa de convocar la Asamblea Constituyente. 5) El golpe de estado en su contra en Abril del 2002 y la levantamiento popular que lo recupera. 6) El triunfo contra el Sabotaje Petrolero y el Paro Patronal. 6) Su triunfo en el Referendo Revocatorio, las Misiones y Grandes Misiones. 7) La declaración del carácter socialista de la revolución bolivariana en 2005 y su triunfo electoral en 2006. 8) Las nacionalizaciones de todo lo privatizado, en especial Sidor en 2008. 9) Las últimas tres semanas de campaña electoral en octubre de 2012. 10) La mejora en el nivel de vida de los sectores populares. 11) El intento proclamado de construcción de un socialismo inédito, con respeto por la crítica propositiva, que exprese la pluralidad del pensamiento revolucionario.

La actuación de Chávez en todos estos hechos fue creando una relación íntima, un punto de contacto único, sin mediación, directo, con el pueblo bolivariano. Se fue construyendo una enorme confianza en su palabra y su persona que queda a salvo hasta de los errores de su gobierno. En relación a esto último, se ha instalado la creencia popular de que, en todo caso, “Chávez no sabe” o que la responsable de los errores y el maltrato es únicamente la burocracia que lo rodea. Así se fue construyendo un liderazgo además de político, espiritual, sentimental con un pueblo que se identifica con su color, con su condición, con su discurso. Un pueblo que elige un socialismo bolivariano, difuso, antiimperialista y en el que sobrevive un estado capitalista que empuja hacia atrás las conquistas populares del proceso y que por eso mismo provoca conflictos, contradicciones y choques. Ese liderazgo se fue consolidando a pesar de los errores o incluso dialécticamente también por ellos. En el último período, su enfermedad, desde que apareció, consolidó al extremo esa relación, agigantando el sentimiento de familiaridad, de cariño, de amor, hacia el líder.

El liderazgo de Hugo Chávez es propio de los liderazgos carismáticos. Mientras que el PSUV no despierta entre la población entusiasmo, ya que no logró montar una estructura de debate orgánica, para la acción política general, la crítica propositiva o incluso como contralor del programa del gobierno. Se fue construyendo así un liderazgo indiscutible y casi indiscutido, amado, pero no socializado. Unos de los momentos más bonitos de la revolución fue cuando durante el año 2009 se desarrolló a lo largo de unos pocos meses un debate extendido sobre la necesidad de una dirección colectiva del proceso y del partido y sobre la necesidad de la propia separación del partido y el gobierno. Debate y críticas reconocidas como correctas por el propio Chávez a la vuelta de su primera recuperación de la enfermedad. Pero la dirección colectiva que en los últimos tiempos fue mencionada como una necesidad por el propio Chávez, en nuestra hipótesis actual no tiene lugar. Era posible construirla con Chávez como centro, como articulador de la misma, hoy, sin embargo, la búsqueda es otra. Porque no ha sido socializado su liderazgo, ni puede ser trasladada a los principales dirigentes del partido y del gobierno la relación única, que el Comandante tiene con el pueblo revolucionario. Chávez puede nombrar a Nicolás Maduro como candidato y este muy probablemente ganaría unas supuestas elecciones presidenciales, es posible también que eso sucediera con más o con menos, si hubiera nombrado a otro dirigente como candidato, pero lamentablemente no puede transferirle ni a él ni a los otros dirigentes de su equipo, las cualidades que lo hicieron el líder indiscutido de la revolución. Entre Chávez y los otros dirigentes hay un abismo.

Esta nueva etapa, nos pondrá frente al desafío de la construcción de un nuevo liderazgo, que esta vez debe ser colectivo desde el principio, de lo contrario no tendrá posibilidades de éxito. La historia muestra que los líderes como Chávez se dan una vez cada muchos años. Ese nuevo liderazgo tiene que ser esencialmente político y felizmente tiene una materia prima fundamental que existe en abundancia en el proceso bolivariano. Esa materia prima se encuentra, en algunos cuadros que hacen parte actualmente del equipo de gobierno en distintos niveles de responsabilidad. Pero sobre todo se encuentra en las decenas de miles de hombres y mujeres anónimos que en cada momento difícil salieron a poner el cuerpo y marcaron la direccionalidad para la acción revolucionaria de nuestro pueblo.

Están allí, son aquellos que organizaron el 13 de Abril, los que comandaron sobre el terreno la recuperación de la industria petrolera, los que luchan día a día para que los avances de la revolución no retrocedan o se estanquen por la arbitraria acción de la burocracia. Son los que no esperan privilegios de un Estado corrupto y corruptor. Son los que cada vez que el propio liderazgo de Chávez estuvo en peligro empujaron acciones que cambiaron la situación y lo recuperaron. Las últimas veces que pudimos ver su acción fue en episodios electorales: son los que hicieron posible el maravilloso acto de cierre de campaña del 4 de octubre, el triunfo del 7 y el triunfo del 16 de diciembre.

Con ellos, con todos ellos, hay que trabajar y construir ese nuevo liderazgo colectivo que debe revolucionar las formas de organización popular, de los trabajadores y sobre todo las de acción y elaboración política. Se puede y se debe crear al calor de los debate un instrumento político que colectiva y democráticamente construya sobre las bases de la cara más revolucionaria del chavismo. Muchos de estos sujetos son individuos, otros pequeños colectivos, otros forman corrientes regionales o nacionales. En ellos hacen vida dirigentes sociales, sindicales, comunitarios, estudiantiles, campesinos, dirigentes de base, que junto a los verdaderos intelectuales orgánicos de la Revolución Bolivariana, los que nunca tuvieron miedo de hacerle frente a debates difíciles, forman la gran reserva a la que hay que convocar para esta construcción titánica.

Este tiempo nos marca una enorme responsabilidad. El dolor, la tristeza, la incertidumbre, no pueden paralizarnos. Mientras esperamos y pedimos el milagro de la vida, tenemos que prepararnos para defender y salvar a la Revolución Bolivariana en su hora más difícil. Nuestra historia y la de la Patria Grande latinoamericana exige que asumamos la otra tarea que encomendó Chávez, esta vez a su pueblo: “Hacer irreversible la Revolución”.

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